La significación de los cuatro puntos cardinales merecen tenerse en cuenta porque han influido en la planta y en la decoración de las iglesias, así como en la disposición de las tumbas.

Salvo raras excepciones, todas las iglesias cristianas están orientadas, es decir, su cabecera se dirige al este, hacia el lado del sol naciente. Este uso se generaliza a partir del siglo IV. H. Nissen precisa que los santuarios paganos o cristianos estaban orientados en función del punto del horizonte donde se asomaba el sol el día de la fiesta del dios o del santo al que estaba dedicado el templo.

Se trata, evidentemente, de un recuerdo de los cultos solares, de la antigua adoración del sol naciente, ya que en Egipto y Grecia los fieles se volvín hacia el Oriente para adorar al dios del sol y, muertos, se hacían inhumar frente al astro divinizado. En el cristianismo, el sol ya no se adora como un dios, pero permanece como el símbolo de la divinidad del Salvador.

Hay que añadir que Oriente es, al mismo tiempo que la fuente de la luz, la dirección de Jerusalén, la ciudad santa donde murió Jesús; también, la dirección de La Meca hacia la que se orienta el mihrab de las mezquitas musulmanas, que marca, como el altar de las iglesias cristianas, por así decir, el “punto de dirección” de las plegarias.

Como se ha observado con gran ingenio, esta necesidad simbólica de la orientación llevó a la arquitectura cristiana a la adopción de la planta basilical, en longitud, frente a la forma circular o semicircular del anfiteatro o del teatro que hubiera sido mucho más racional e infinitamente más práctica, ya que habría permitido a todos los asistentes, sentados en las gradas, ver las ceremonias litúrgicas y escuchar la palabra del celebrante o del predicador. Se descartó porque un hemiciclo o una rotonda se prestaría menos a canalizar las plegarias de los creyentes en la dirección del sol naciente y de la Ciudad Santa.

Al igual que el presbiterio de las iglesias, la sala capitular de los claustros está también orientada hacia el este.

Las excepciones a esta norma de la orientación son rara vez producto de una mala implantación por la impericia de los constructores, y se explican por razones litúrgicas o, todavía más a menudo, topográficas. Si el presbiterio de la basílica de peregrinación de Lourdes se vuelve hacia el oeste, es para cubrir la gruta milagrosa que le sirve de iglesia interior o cripta. La desviación del eje de la capilla absidal de Saint-Denis se explica por la existencia de un arroyo que se extiende a lo largo del costado sur del edificio, que fue preciso evitar para asentar bien los cimientos sobre un suelo al abrigo de la humedad, cuyos inconvenientes ya se habían constatado en la cripta.

Los cristianos no creen que el Dios que adoran habite en el Sinaí o en Jerusalén. Lo consideran universal y omnipresente; piensan que sus plegarias llegarán igualmente bien a su destino. Pero, aunque había perdido desde hacía varios siglos su razón de ser, la orientación de los lugares de culto en una regla que la Iglesia no abolió y a la que se sacrificaba la estética medieval: de ahí, por ejemplo, que en Colonia todas las iglesias, en lugar de mirar hacia el Rin, le dan la espalda.

Si el Oriente es el símbolo del Paraíso, el Occidente, por donde el sol se oculta, es considerando, por el contrario, como el reino del Anticristo, de las tinieblas y de la muerte; por eso el muro de la fachada occidental se reserva para la representación del Juicio Final, ya sea en el interior, en los mosaicos de las iglesias bizantinas, ya en el exterior, en los bajorrelieves de las iglesias románicas.

El Norte y el Sur tienen significaciones análogas. El Norte, que es la región de la oscuridad y de las escarchas, está dedicado a Satanás y al reino de la Ley. El Mediodía, de donde vienen la luz y el calor, evoca, por el contrario, la idea del Cristo Salvador, del reino de la Gracia.

Esta oposición determina, además, que al entrar el fiel en la iglesia tenga el Norte a la izquierda y el Sur a su derecha. Ahora bien, la izquierda siempre ha tenido fama de mal augurio, como lo prueba la doble acepción de la palabra sinister. La derecha ocupa, por el contrario, en todas las civilizaciones, el lugar de honor. La excelencia o preeminencia atribuida a la mano derecha está atestiguada a la vez por los textos, las imágenes y las costumbres.

En las crucifixiones simbólicas, la Iglesia está siempre a la derecha de Cristo, la Sinagoga a su izquierda. En las crucifixiones históricas, la Virgen, de mayor dignidad, ocupa el lugar de la Iglesia y San Juan el de la Sinagoga.

Cristo está sentado a la derecha del Padre. En la escena del Juicio Final, los elegidos están colocados a la derecha del Juez y los condenados a su izquierda. En la nave de las iglesias, separados por sexos, los hombres ocupan la derecha, las mujeres, consideradas inferiores, la izquierda.

En los programas decorativos de las iglesias el Norte está reservado al ciclo del Antiguo Testamento y el lado sur pertenece al Nuevo. Esta distinción se ve muy claramente en las portadas laterales de la catedral de Chartres y en los rosetones del transepto de Notre-Dame de París.

Otra consecuencia que incumbe a la arquitectura es que, según las reglas litúrgicas, el baptisterio debe estar situado en el norte de la iglesia, porque ese lado es la región de las tinieblas donde se sumergen los neófitos antes de su purificación por el bautismo.

El simbolismo de las cuatro partes del mundo, que se relaciona con el de los cuatro puntos cardinales, no se desarrolla, por supuesto, hasta después del descubrimiento de América. Se codificó en el siglo XVI en la Iconología de Ripa. Se puede considerar como una variante de este tema la representación de los cuatro ríos del Paraíso y de los cuatro grandes ríos de la tierra.